No me he parado a presentar aquí a mi manada, y me parece muy feo por mi parte porque sin ellos yo no sería la persona en la que me he convertido, no habría motivos para luchar, para defender y cuidar a otros que, por desgracia, no tienen tanta suerte. Ellos lo son todo, porque sin mi manada, esto no tendría sentido.
Esta es mi preciosa
Huma, con ella empezó mi verdadera historia con las mascotas, y ella fundó la manada. El día que la conocí, hace ocho años y medio, no era consciente de la aventura que iba a comenzar.
Aproveché que mis padres se fueron de viaje y nos dejaron a mi hermana y a mí en casa de mi tía, que adora los animales y a los gatos por encima de todo. Ella sabía las ganas que yo tenía de tener una mascota y casualmente, al acompañarla en un paseo, vimos un cartel de "se venden gatitos cruce de angora y persa". Y ahí, algo me llamó. No sé qué fue, pero me llamó. No hizo falta mucho esfuerzo para convencerla e ir a verlos, y cuando llegamos a casa del dueño allí estaban ellos: seis preciosos gatitos de apenas un mes, aún cieguitos y torpes caminando. Había un gatito rubio, otro atigrado, dos careys, uno marrón... y mi pequeña Huma. No tenía ojos para los demás, porque Huma fue mi flechazo, vino directa a mí. Yo iba con intención de llamarla Kaly, pero cuando la vi con tantos tonos de gris y blanco, tan suave, tan parecida a una pelusa, y grácil como el humo, me di cuenta de que ya venía con el nombre puesto. En ese momento comenzó mi batalla para convencer a mis padres, y gracias a la ayuda de mi tía Huma llegó a mi casa un caluroso 25 de agosto.
En estos ocho años, ella me ha enseñado muchas cosas. Me enseñó la paciencia que hay que tener para enseñar a un animal, para que se acostumbre a ti, para no agobiarle con mimos. Me enseñó la alegría que es estar en la cama a punto de dormirte, y sonreír porque ella ha llegado para acariciarte, acurrucarse en tu barriga y ronronear hasta quedarse dormida. Me enseñó también lo que es sufrir por un ser no humano: cuando tenía seis meses se cayó por la ventana del ático un 23 de diciembre, y pensé que no saldría de esa, porque era una cachorra y estaba muy alto; eso también me dio a conocer el sentimiento de culpabilidad. Me enseñó lo que es ser responsable de otro ser que no fuera yo misma, porque de mí dependía su comida, sus nudos en el pelo, su salud llevándola al veterinario, y mil cosas más. Me enseñó que los animales también tienen una personalidad y carácter únicos: yo debía saber cuándo ella quería mimos y cuándo quería que la dejara tranquila. También me enseñó que el tiempo cambia a la gente, y ella con el tiempo pasó de ser completamente independiente, a ser prácticamente mi sombra, pidiendo siempre caricias y atención.

Cuatro años después, en verano de 2009, llegó lo que estuve esperando impaciente durante dieciocho años: mi perro, mi cachorro
Bronx. Sólo él sabe todo lo que yo sufrí por él, todo lo que lloré, todo lo que aguanté. Sólo él conoce mis noches sin dormir, mis eternos soliloquios con él, mi amor verdadero hacia un animal. Sólo él sabe que le echo de menos cada día desde que no está. Bronx se marchó en marzo de 2010, dejando un vacío inmenso en mí, un sentimiento de soledad que no me dejaba respirar, y una tristeza de la que me costó sangre y lágrimas salir. Apenas estuvimos juntos ocho meses, pero esos ocho meses fue la lección más importante de mi vida, que no podría haber aprendido de otra manera. Él me enseñó lo que es la fuerza de voluntad, el sacrificio personal, el entregarse en cuerpo y alma a una causa; él, por increíble que ahora suene, me enseñó lo que es la felicidad plena, y a la vez, el dolor más insoportable. Me enseñó muchas cosas, que algún día publicaré en una entrada sólo para él, pero sobre todo, me enseñó que ninguna causa es perdida, ninguna lágrima es en vano, y hay que ser fuerte ante la adversidad. Me enseñó también hasta dónde hay que saber luchar, porque cuando la Madre Naturaleza decide cuál será el camino de cada uno, de nada sirve pelear, negarlo. Me enseñó a decir adiós a lo que más he querido en mi vida.
Gracias a Bronx aprendí que debo vivir cada día en paz, disfrutar de mi manada, porque algún día ellos también se marcharán. Luché por su vida, y aunque perdí la batalla, entendí que la vida de Bronx llegó a mi camino para enseñarme que hay que ser humilde, ayudar a quien más lo necesita, y sobre todo, hay que saber amar. Fue una visita fugaz, el capítulo de oro más agridulce de mi libro, pero el que más amor me dio. Y por eso le recuerdo cada día, porque si hoy soy así, es gracias a él. A mi eterno cachorro.

Y meses después de la muerte de Bronx, en verano de 2010, llegó Tyson. Nada hubiera arreglado mi corazón si no hubiera sido él. Estoy segura de que el destino, la Madre Naturaleza, o el karma, me enviaron a Tyson. No es casualidad que él naciera unos días antes del que sería el primer cumpleaños de Bronx, ni es casualidad que él sea como es él, ni es casualidad que llegara en el momento que más le necesitaba. Yo creo que Bronx, esté donde esté, me mandó a Tyson para ayudarme a cerrar su capítulo, y abrir uno nuevo. Recuerdo que cuando Tyson llegó yo me enfadaba mucho con él, me frustraba, me ponía triste, y no quería ni verle en ocasiones; porque yo seguía echando de menos a Bronx, y le buscaba en los ojos de Tyson, en cada juego, en cada movimiento. Pero no era Bronx, eran perros completamente opuestos. Bronx era tranquilo, paciente, sosegado, transmitía mucha paz y armonía; Tyson era un terremoto, pura energía y vitalidad, era un juego constante... Hasta que un tiempo después llegó una señal, una mirada, que me hizo comprender que nunca podría sustituir a Bronx, que debía cerrar esa herida para darle a Tyson todo el amor que un día le dí a Bronx. Y así, despacito pero con cariño, esa tristeza desapareció gracias a Tyson.
Hoy Tyson es mi motivo para levantarme cada día, mi consuelo cuando estoy triste, mi compañero de juegos, paseos y risas. Es la mejor de mis medicinas, y al que también tengo mucho que agradecer. Lo más bonito del mundo, mi bebé de noventa kilos.
Después de incorporarse Tyson a mi manada, tenía claro que no podrían entrar más animales en casa, ya era un mérito apreciable conseguir que me dejaran tener una gata y un perrazo. Pero el 1 de diciembre también de 2010, llegó una sorpresa inesperada.

Casualidades de la vida, nunca abro eventos de Tuenti o Facebook, ni si quiera me molesto en ver de qué van. Pero el 30 de noviembre llegó una invitación que, no sé por qué, leí. Una gatita de apenas dos meses había aparecido bajo la lluvia en la carretera de Montecarmelo, sola, empapada, y probablemente enferma. Una pareja la tenía en acogida pero no podían quedársela y necesitaban urgentemente que alguien se la llevara porque no podía seguir en casa. No había una foto adjunta al evento, ni una descripción de la gatita, pero esa breve historia me partió el alma. Estuve toda la noche sin dormir, dando vueltas a la cabeza, pensando que no es justo que un gatito tan pequeño ya conociera tanta maldad. Así que sin pensarlo más, al día siguiente por la tarde, cogí a mi mejor amiga, a mi hermana, y montamos en mi coche (yo llevaba una semana de carnet y era la primera vez que lo cogía sola y sin su permiso, así que para mí fue una aventura). Llegamos a la casa donde estaba la gatita, y ahí estaba: hecha una bolita, despeinada, plagada de bichos, con la barriga hinchada de la cantidad de gusanos que debía de tener, temblorosa y sin parar de maullar. Como no teníamos transportín, la metimos en el gorro que llevaba mi hermana, y de cabeza al veterinario. Allí me confirmaron que tenía parásitos, que no tendría más de un mes y medio y que cabía la posibilidad de que muriera. Eso, y la bronca descomunal que habría en mi casa, así que me las ingenié.
Quedaban doce días para el cumpleaños de mi padre. Él siempre se quejaba de que le regalábamos lo mismo, que no teníamos ideas originales, ni detalles sorprendentes... Un chispazo en mi cabeza, y con todo el morro del mundo (porque hay que tener mucha cara para hacer eso), le dije "papá, sé que faltan unos días para tu cumple, pero no me aguanto las ganas de darte tu regalo. Siempre dices que te regalamos lo mismo, así que quiero darte hoy la sorpresa... Cierra los ojos y pon las manos". Acto seguido se enfadó un montón al ver a la gatita, pero tras contarle su historia, y dejar un rato a la gata en su regazo, conseguimos que se quedara en la familia. Como era el regalo de mi padre dejamos que él le pusiera el nombre, y aunque mi hermana quería llamarla Bageerah, mi padre la llamó Lucy. Tiene muchos significados ese nombre: mi padre dice que es Lucy, porque tiene los ojos achinados como Lucy Liu; mi hermana dice que es Lucy de Lucía o Luciérnagas, porque es gracioso; pero yo la llamo Lucy de Lucifer, porque es mala como el hambre.
Hoy, Lucy es la alegría de la huerta, el alma de la fiesta. Todos los días hace algo que te hace reír: se mete conmigo en la ducha, persigue a Huma, putea a Tyson como puede, pide comida de formas nuevas, o simplemente, parlotea y hace el tonto. Lucy fue mi primera mascota adoptada, y al ver lo agradecida que es, lo cariñosa y simpática a la vez que trasto y arrabalera, me hizo pensar en por qué seguir comprando animales, si se pueden adoptar.
Poco a poco me metí en el mundillo de la lucha por los derechos animales, los centros de adopción, la situación de los animales maltratados y abandonados, y decidí empezar de voluntaria en el CIAAM en enero de 2013. Con adoptar a Lucy de la calle, y leer cosas sobre el maltrato animal para mí no era suficiente: tenía que hacer algo más. Quería cuidar a otros perros, como cuidé a mi Bronx, y darles el cariño que les falta a los animales abandonados. Como no podía tener más animales pero quería hacer algo por ellos, pensé que si la montaña no va a Mahoma, pues Mahoma se va a la montaña. Y comenzó la evolución.

Recuerdo que el día que llegué al CIAAM para hacerme voluntaria vi a Helena paseando con dos perros. Me acerqué a ella para decirle que quería ser voluntaria, y su respuesta fue "estupendo, pues sube que vamos a trabajar. Toma, este es Melón". Helena estaba sacando a Melón y a Glotona, pero se me cayó el alma a los pies al ver a un perro tan grande, negro, con una oreja rota y la otra caída, la cara llena de canas, y caminando despacito a mi lado. Algo hizo "click" en mi cabeza, que desde ese preciso momento, empecé a querer a Melón. He conocido cientos de perros en el tiempo que llevo en el CIAAM, grandes, pequeños, cachorros, abueletes, mimosos, hiperactivos... pero yo seguía pensando en Melón, en aquel abuelo mestizo de mil razas que conocí en enero. No siempre que iba al CIAAM le tocaba salir y podía sacarle, pero siempre que iba necesitaba verle, aunque fuera de lejos, para saber que estaba bien. Y cada vez que le sacaba, sentía algo raro, como una conexión con él que no tenía con ningún otro animal. Ya conté la historia de Melón en otra entrada de este blog, y cuando la oí por primera vez casi se me escapa una lágrima. Con doce años, ¿cómo podía haber sufrido tanto un animal, y seguir siendo bueno en lugar de ser agresivo o miedoso? ¿Cómo puede haberle dejado alguien tantos años atado a un poste, sin importarle, sin quererle? ¿Cómo pueden haber pasado tres años desde que llegó al refugio, y que nadie hubiera preguntado ni si quiera una vez por él? Pensé que Melón era maravilloso y que algún día encontraría a una familia que le quisiera. Pero llegó el verano, y el humor de Melón cambió. Ya no quería pasear nada, no quería jugar en el patio, no le apetecía salir a que le tocara aunque fuera a través de los barrotes; Melón estaba todo el día tumbado, con aire triste. Me di cuenta de que Melón no tenía ganas de luchar y se estaba dejando morir, y eso cayó en mi conciencia como cuatro toneladas de culpabilidad.
Comenzó la batalla por Melón. En casa no iban a dejarme adoptarle, ya tenía dos gatas y un perro gigante, a mis padres no les gustan mucho los animales, y cuando les dije que Melón tiene 12 años me dijeron que ni de coña, "que si se muere en dos meses menudo disgusto para nada". ¿Para nada? Melón no había conocido la felicidad en doce años, no sabía lo que era un amo responsable, pasear todos los días, no pasar hambre o frío, no tener miedo, o dormir tranquilo porque estaba seguro en una casa. No sabía qué es que un humano le quiera de verdad por lo que es. Es muy grande, es negro, es muy mayor, suelta mucho pelo, es mestizo y no sabíamos cómo reaccionaría en una situación tan extraña para él, pero a mí no me importaba. Y cuando conseguí adoptarle, Melón empezó a vivir de verdad. Es feliz, juega con Tyson, pide mimos constantemente, duerme y come bien, pasea de maravilla, busca estar acompañado y quiere a cada miembro humano o animal de casa. Ha recuperado las ganas de vivir, se ha quitado diez años de encima, y es un perro completamente nuevo.
Cada día que le miro hay algo que me conmueve, que me toca el alma y me saca una sonrisa, a veces incluso una lagrimilla. Es un sentimiento muy grande, que debería conocer algún día todo el mundo.
Esta es la historia de mi manada, de los que están, de nuestra vida en familia, de lo que me inspira cada uno, de lo que aprendo de ellos, y de lo fuerte que me siento gracias a ellos. Yo cambié sus vidas, y ellos han cambiado mi vida. Ellos son terapia para mí, son el agua y el aire que necesito, la energía que hace que me levante cada día. Son la sonrisa de mi boca, son mi felicidad, son mi vida. Sin ellos, la filosofía sería diferente, yo sería distinta, me faltarían lecciones por saber que no se aprenden con humanos. Cada día lo doy todo por ellos, les digo que les quiero, les abrazo, les besuqueo, porque no sé qué ocurrirá mañana, pero Bronx me enseñó que el amor que doy es agradecido, y me lo devuelven con creces.
Porque sin animales, la vida no tendría sentido.