Hace seis años, conocí un lugar maravilloso. Fue de las primeras veces que salía de viaje fuera de España, y tras visitar este lugar, cualquier otro se queda corto. Tan natural, tan mágico, tan misterioso. Hace seis años, tuve la suerte de conocer Irlanda.
Será la amabilidad de la gente, será la cultura tan diferente, será el aire puro que se respira, la magia que rezuman sus paisajes, lo pequeños y rurales que son los pueblos y ciudades (me encanta que Dublín no sea una horrible megápolis como Madrid), o el clima que incita a una naturaleza más viva que en cualquier otro lugar que he visitado. Será que con todo el tiempo que allí pasé, me dio tiempo a enamorarme de un país tan bello, como es la bella Irlanda, y que desde entonces no veo el momento de volver, pero ya no de turismo o un verano para estudiar como hice dos años consecutivos; es hora de volver a Irlanda, para quedarse una larga temporada, empaparme de su cultura, absorber sus conocimientos, conectar con la Madre Tierra, y encontrarme a mí misma. No puedo morirme tranquila si no vivo en ese país al menos unos meses. Desintoxicarme de mi cultura y zambullirme de lleno en otra. Quiero saber cómo se siente al ser irlandés, al pasear por las calles irlandesas, tener amigos irlandeses y, por qué no, aprender irlandés. Al fin y al cabo, es un idioma mucho más complejo pero poético que el inglés.
Recuerdo que una mañana, desayunando en una cafetería de Kilkenny (si no mal recuerdo), tomé un café irlandés, y me fijé en que en el dorso de los azucarillos había proverbios y dichos irlandeses, pero uno me marcó especialmente: An rud is annamh, is iontach (Aquello que es extraño, es maravilloso). Y me di cuenta de que los españoles y los irlandeses puede que nos parezcamos, pero también somos muy distintos: generalmente aquí, aquello que es diferente, raro, es considerado como algo negativo, que se sale de la norma y que no puede ser aceptado; allí, sin embargo, aquello que no es usual, que es distinto, que es extraño, es digno de admirar, aprender y observar.
Aunque no me gusta el fútbol, un ejemplo que pudo observar el mundo entero y que me fascinó, fue el Mundial de 2010. España e Irlanda jugaron para disputar la semifinal; el marcador quedó 4 - 0 en favor de España, ¿y qué pasó? Que los irlandeses, lejos de tomarse esa "paliza" como un ataque o una humillación (como les pasa a muchos españoles), se dedicaron a cantar, a hacer la ola, a beber y bailar en el partido, porque esa es su filosofía de vida: no importa, lo hemos pasado bien. Son optimistas y positivos de cojones.
Tuve ocasión de conocer a algunos irlandeses, y es el carácter de su gente lo que invita a conversar, a encontrarse con distintas personas y aprender de los demás. Nunca me olvidaré de mi amigo Enda, profesor que tuvo la bendita paciencia de aguantar mis 17 añitos durante semanas. Después de las clases siempre le pedía que me contara leyendas, frases hechas, tópicos irlandeses, porque el verano anterior estuve de turismo y quise aprender de la cultura irlandesa. Me contó leyendas irlandesas tan fantásticas como las leyendas nórdicas, costumbres que allí tienen que ojalá tuviéramos aquí, dichos, fiestas... Todo allí parece natural, nada es forzado. Si a un irlandés le apetece rebajarte el precio de la pinta porque eres español y le has caído bien, lo hará. Si te pierdes por Temple Bar y pides indicaciones hasta una calle, ellos no te indicarán, te acompañarán hasta tu calle para asegurarse de que no te pierdes, y conocerte. Sonreír allí es contagioso, ser amable es pegadizo, y el buen humor es la norma más grande que hay.
Hice una promesa, y la cumpliré... Volveré.


