La familia de Pascual Duarte, escrito por Camilo José Cela en 1942, es uno de mis libros favoritos. Recuerdo que me llamó la atención leer sobre Cela en una clase de Lengua y Literatura, no recuerdo si fue en 1º o 2º de bachillerato, y encontré el libro en la biblioteca de clásicos de la literatura que hay en mi salón. Fue abrirlo, y devorarlo en dos días... Me absorbió por completo, no podía dejar de leer. Cuánta pasión, cuánta tragedia, cuántas emociones me hacía sentir, cuánta lástima y comprensión hacia el condenado protagonista... Os dejo uno de los fragmentos más emotivos del libro, parte del capítulo 11, donde el pobre Pascual relata su dolor, la represión de la ira, la frustración, y la desesperación.
Libros como este, me hacen muy feliz.
¡Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía! ¡Quién sabe si no estaba escrito en la divina memoria que la desgracia había de ser mi único camino, la única senda por la que mis tristes días habían de discurrir!
Libros como este, me hacen muy feliz.
¡Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía! ¡Quién sabe si no estaba escrito en la divina memoria que la desgracia había de ser mi único camino, la única senda por la que mis tristes días habían de discurrir!
A la desgracia no se acostumbra uno,
créame, porque siempre nos hacemos la ilusión de que la que estamos soportando
la última ha de ser, aunque después, al pasar de los tiempos, nos vayamos
empezando a convencer -¡y con cuánta
tristeza!- que lo peor aún está por pasar…
*
* *
¡Quién lo hubiera de decir, con las
esperanzas que en su compañía llegué a tener puestas! (…) Parecía una letanía,
agobiadora y lenta como las noches de vino, despaciosa y cargante como las
andaduras de los asnos.
Y así un día, y otro día, y una semana, y
otra… ¡Aquello era horrible, era un castigo de los cielos, a buen seguro, una
maldición de Dios!
Y yo me contenía.
-Es el cariño –pensaba- que las hace ser
crueles sin querer.
Y trataba de no oír, de no hacer caso,
de verlas accionar sin tenerlas más en
cuenta que si fueran fantoches, de no poner cuidado en sus palabras…
Dejaba que la pena muriese con el tiempo,
como las rosas cortadas, guardando mi silencio como una joya por intentar
sufrir lo menos que pudiera. ¡Vanas ilusiones que no habían de servirme de otra
cosa que para hacerme extrañar más cada día la dicha de los que nacen para la
senda más fácil, y cómo Dios permitía que tomarais cuerpo en mi imaginación!










