No puedo dejar de pensar en los pobres inocentes que nacieron en la calle, que han sido abandonados por irresponsables, maltratados por insensibles e ignorados por ineptos. No puedo dejar de pensar en su sufrimiento, su dolor, su soledad... en lo horrible que a veces es el hombre, y lo magníficos que son ellos. Porque ellos, a diferencia de nosotros, perdonan siempre, confían, respetan, y son capaces de amar incluso cuando no son amados. Errar es humano, y los humanos nos equivocamos con demasiada frecuencia, pero si perdonar es divino, los animales rozan lo celestial.
Unos versos de mi poeta favorito, Pedro Salinas, me hacen recordar ese perdón que ellos nos conceden, y la oportunidad que nos dan, cuando parece que somos nosotros quienes se la estamos dando. Lo maravilloso que es darles la buena vida que siempre han merecido...
Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo en lo alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eres.
La voz a ti debida, v. 1449 - 1470 (1933)

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